Esa tarde la abuela Benilda del Perpetuo Socorro vestía de pies a cabeza con riguroso luto, era un color que la hacía ver delgada y aún más elegante que de costumbre; ese día el canto de las aves se silenció y parecía que las flores hubieran atenuado sus vivos colores, incluso el radiante sol se había quedado escondido tras las densas nubes, que cubrían el cielo anunciando tormenta, en tanto las horas se iban desgranando lentamente, como si el tiempo quisiera cebarse en el profundo dolor que embargaba a la atribulada mujer por la partida de Salvador, su compañero de vida.

Desde que ella había regresado del funeral, no había pronunciado palabra alguna, tampoco se había descubierto el rostro, seguía con el velo negro, como si escondiera su pena tras un espeso manto de neblina; la realidad era que ella lo prefería así, para poder observar los deudos que se acercaban a presentarle supuestas condolencias; pensó que definitivamente «no había muerto malo». Ahí, parapetada tras el negro velo, había visto desfilar la hipocresía, cercana a las lágrimas, dando abrazos envueltos en la mentira, vio la alegría contenida de muchos deudores morosos, a quienes la guadaña fatídica los habia librado de incómodas acreencias, llevándoselas al silencio eterno, incluso pudo ver algunas lágrimas furtivas, en rostros femeninos desconocidos, muchos hechos recónditos que se fueron a la tumba, muchos secretos que se llevó el difunto a la otra vida, ella no lograba entender tanta falacia, cuando oyó el elogio en la voz del cura, magnificando al muerto, cuando él nunca lo había conocido. La viuda durante todo el funeral no soltó de la mano a su querido ‘Pan de Trigo’, la inocencia del pequeño nieto, que apenas hacía unos meses había cumplido cuatro años, la llenaba de seguridad, así en silencio, perdida en sus profundas inquietudes, caminó de regreso, altiva y elegante como siempre.

En el momento que traspuso el portón de la casa , ‘Pan de Trigo’ se soltó de la mano de la nona, y como  alma que lleva el diablo, se perdió por el corredor con rumbo desconocido, en tanto a ella la vieron dirigirse a la sala y allí, pararse frente al enorme ventanal, dejando que su mirada se perdiera a través del velo, hasta el infinito horizonte y más allá de las montañas, así la vio el ocaso, y el aletargado paso del comienzo de la noche, en tanto la fiel cocinera le renovaba cada rato el agua de valeriana y toronjil, para tranquilizar los nervios de la afligida viuda, mientras que ella se había refugiado tras el mutismo testarudo de los que no quieren compartir el dolor, ni recibir solidaridad.

Cerca de la medianoche, cuando el aleteo acompasado de una pareja de búhos blancos como la nieve, rompió el silencio del momento, volaron entre las copas florecidas de los dos enormes ocobos, los mismos que ella había sembrado con Salvador el día de la boda. Desde entonces, el tiempo se había ido diluyendo en el sendero de sus vidas y las pequeñas plantas hoy eran frondosos árboles, testigos mudos de sus alegrías y tristezas, hoy estaban florecidos queriendo alegrar su soledad, mientras que ella seguía viendo la pareja de búhos, ahí parados inmóviles entre el follaje, como dos rocas del acantilado, mirándola sin parpadear, cubiertos por la plateada y misteriosa luz de la luna, hasta que el canto de los gallos rodó por entre los huertos, en los solares de las casas, entonces vio emprender vuelo a un búho, hasta que la imagen se le fue tornando difusa en la distancia, con la luz de la luna en la madrugada, entonces  ella se levantó el velo, para poder ver cómo el ave se perdía en el cielo.

Mientras tanto, el otro búho parecía mirar sin parpadear a Benilda, y a ella, extrañada, le pareció alcanzar a ver reflejada su misma tristeza en los ojos del ave, en tanto de sus labios surgió una plegaria por el esposo ausente, inexplicablemente acompañada por el ulular del búho.

El animal fue cerrando los ojos lentamente, hasta quedarse dormido entre el denso follaje del ocobo, mientras que la abuela se quitaba totalmente el velo que cubría su cabeza y, volteándose, se le escuchó un quejido, como si le doliera el alma y el cuerpo, luego volvió a ver a su querido ‘Pan de Trigo’, que estaba dormido en la mecedora de la bisabuela Olga Lucía, el niño estaba encogido sobre sí mismo, disfrutando el sueño de los inocentes, como decía la sabia cocinera «conciencia tranquila,  sueño sereno»; en ese  instante, en  la mirada de Benilda del Perpetuo Socorro se desbordaba la ternura, cuando con la delicadeza de nona agradecida, envolvió al nieto en el velo, llevándolo alzado contra su pecho, para depositarlo en el rincón de su cama, y le dijo, «mi querido ‘Pan de Trigo’, de ahora en adelante tus noches serán conmigo, tú serás mi compañía y abrigo».

Esa noche Benilda no pegó el ojo, a pesar del pesado trajín del día, hasta que ya en la alborada se quedó profundamente dormida y soñó que se había vuelto tan liviana como una pluma, volando en alas de la brisa, entonces quiso sonreír y se dio cuenta de que dolorosamente se le había olvidado, cuando en medio del sueño observó su rostro reflejado en el espejo de la vida y desconoció su imagen adornada con esa extraña mueca, queriendo simular una sonrisa, entonces de nuevo se entregó al vaivén del viento y se sintió feliz en su sueño, cuando volvió a sentir las gotas de la lluvia, rodando por sus mejillas, y el sol de la mañana secando su cuerpo, extendido sobre el prado, a la orilla de la quebrada, entonces la despertó su propia carcajada saludando a la nueva vida con la sonrisa esperanzada de un ser libre que vuelve  a amar la vida.   

Continuará…

Literaria

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