Por: Urías Velásquez

La ultraderecha colombiano acostumbrada a imponer su voluntad a punta de golpes al pueblo, creyó que esta vez lograría su cometido. Apostaron por un golpe de Estado encubierto, convencidos de que las calles se llenarían de ciudadanos indignados pidiendo la cabeza del presidente. Se imaginaron un país sumiso, listo para repetir la historia. Pero ya no somos ese país: SE EQUIVOCARON.  Creyeron que bastaba con agitar el miedo, fabricar un escándalo, y hacer sonar las alarmas en los grandes medios de comunicación —siempre fieles a las causas innobles de los saqueadores del erario: la oligarquía— para prender la mecha de la desestabilización.  Confiaban en que aún controlaban el relato.

Pero SE EQUIVOCARON.

El plan era claro.

Primero, el “hecho detonante”, fabricado y calculado, que haría las veces de florero de Llorente. Segundo, la indignación súbita de los políticos de siempre: el Santos de doble cara, reapareciendo para mover los hilos. Tercero, los partidos tradicionales proponiendo salidas “institucionales” que eran, en realidad, atajos para saltarse la Constitución y sacar al presidente del cargo.

Cuarto, un Congreso indigno declarando una “crisis nacional” sin autoridad moral para hacerlo.  Y quinto, y quizás el definitivo—la pieza que no pudieron mover—, unas Fuerzas Armadas dispuestas a alinearse con la oligarquía y reprimir al pueblo.

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