
La gran dama del arte colombiano. Fotografía Archivo particular.
En la vastedad silenciosa donde moran los espíritus antiguos, hoy resuena un susurro distinto: el de la despedida. Se ha marchado Ana Cecilia Jiménez de Suárez, conocida y amada como ADEIZAGÁ, cuyo nombre, en lengua chibcha, alude a la princesa muisca, hija del Cacique de Ramiriquí. Y es quizá ese linaje simbólico el que mejor retrata la esencia de esta mujer excepcional que dedicó su vida a dignificar la memoria, a honrar la tierra y a elevar la tradición hasta convertirla en un templo de poesía.
ADEIZAGÁ fue una escritora, un corazón en permanente ofrenda; una voz que supo escuchar el murmullo de los abuelos, el rumor del fogón, la vibración de lo sagrado. Desde sus primeros versos publicados en 1973, su palabra se transformó en un territorio donde los cultores encontraron identidad, donde la cultura halló refugio y donde lo humano adquirió un brillo renovado.
Su obra, fecunda, amplia y diversa, viajó entre la lírica, la poesía infantil, la creación costumbrista, la narración y la composición musical. Fue autora de torbellinos y guabinas que aún laten en el ADN cultural del altiplano cundiboyacense; del mismo modo, compuso himnos que hoy identifican municipios, instituciones y territorios, entre ellos los de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, la Escuela de Administración, la Asociación de Escritores de Boyacá – AESBO y varios municipios como Soracá, San Miguel de Sema, Gachantivá, Sogamoso, San Pedro de Iguaque, Samacá, Tinjacá y Zotaquirá, entre muchos otros.
Su erudición y labor cultural fueron tan amplias como su sensibilidad. Licenciada en Idiomas, fue Supervisora Administrativa del SENA, Bibliotecaria del Ministerio de Educación, directora de la Biblioteca Central de la UPTC, y lideró la Librería Universitaria, la Sala de Música, la Sección de Actividades Culturales y programas de Bienestar Universitario en Duitama y Sogamoso.
También fue Bibliotecaria de la Academia Boyacense de Historia, institución de la cual fue cofundadora, al igual que de la Academia Boyacense de la Lengua, AESBO, y el colectivo Mujer, Palabra y Poesía.
Su arte no conocía fronteras: como artista plástica exploró el Arte Objeto y el Chatarrismo, con exposiciones en Bogotá, Tunja, Duitama, Paipa, Belén y Gachantivá, entre muchas otras salas donde su arte despertó curiosidad, admiración y respeto.
Como declamadora, su voz revestía de solemnidad cualquier escenario. Como folclorista, guardaba en su memoria la música del pueblo, y como cantautora devolvía a esa memoria una forma renovada de belleza.
Recibió reconocimientos nacionales como la Orden Juan de Castellanos, premios en poesía costumbrista en las Jornadas Culturales de la Presidencia de la República en Santa Marta y la creación de significativos himnos institucionales. Pero más allá de los galardones, lo que inmortaliza su nombre es la huella amorosa y luminosa que dejó en las letras de Boyacá y del país.
Recientemente, en el marco del Bazarte y del Festival Nacional de Música Colombiana “José Ricardo Bautista Pamplona”, en el corazón del Pueblito Boyacense, Cecilia Jiménez de Suarez recibió el que sería su último homenaje en vida, uno destinado a perdurar más allá del tiempo.
En un acto cargado de emoción, gratitud y memoria, el salón múltiple de actividades culturales fue bautizado con su nombre: ADEIZAGÁ. Desde entonces, ese recinto se convirtió en un templo para la sensibilidad, un hogar para la belleza que ella tanto defendió.
Allí, la poesía, la música, la danza y la literatura, sus lenguajes predilectos, hallarán refugio para siempre, y cada voz que se eleve, cada nota que resuene, cada paso que baile la tradición, llevará el eco de su espíritu, porque en ese espacio sagrado, cada celebración cultural recordará que ADEIZAGÁ no solo vivió para la palabra: también dejó un universo entero donde su memoria seguirá floreciendo.
Hoy, Boyacá pierde a una de sus más grandes cultoras, pero la cultura gana un espíritu tutelar. Su memoria queda suspendida en cada torbellino que se canta en las veredas, en cada palabra que un niño declama en la escuela, en cada página donde el alma humana intenta comprenderse a sí misma.
ADEIZAGÁ no muere: regresa al círculo eterno de los ancestros que ella tanto honró. Vuelve al territorio del viento muisca, al fogón que enciende la tradición, al corazón del país que siempre la reconoció como una guardiana de la palabra.
Queda su legado: vasto, noble, necesario.
Queda su nombre: sembrado en la historia.
Queda su voz: haciendo del tiempo un poema interminable.
Hoy se va la poetisa, pero su poesía se queda para siempre.
